Sicar: El apoyo de la eternidad en el tiempo – La mujer samaritana
Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Juan 4:1-42
Hay lugares que no se nombran por su geografía, sino por su propósito. Sicar, el “hombro” (La mayoría de los expertos considera que Sicar es una alteración o corrupción del antiguo nombre de la ciudad de Siquem), no fue solo una parada en el camino de un hombre cansado; fue el punto de apoyo donde la divinidad decidió descansar su peso sobre la humanidad para dar inicio a la cosecha final.
En el brocal del pozo, la sed física es solo el velo de una realidad más densa. El encuentro entre Jesús y la samaritana no es un diálogo de cortesía, sino la manifestación del amor de Dios rompiendo la abstracción. El “Don de Dios” no es un sentimiento errante ni un concepto místico; es el Espíritu Santo operando como la conciencia misma de Dios habitando en el hombre. Es el agua que no se agota porque su fuente es el origen de todo lo que existe.
Cuando Jesús habla del esposo, no se refiere a una formalidad de la ley. La unión entre el Espíritu y el ser humano es el único matrimonio real y tangible. Es el Espíritu entrando en la persona, transformando la identidad fragmentada en una unidad con lo eterno. Allí, en la profundidad de Sicar, se revela que la verdad no es algo que se piensa, sino alguien que se recibe.
Mientras el mundo calcula tiempos y espera meses para la siega, la mirada del Espíritu ve los campos ya blancos. La labor de otros ha terminado y el presente reclama su fruto. La mujer samaritana deja de ser una extraña para convertirse en ese “hombro”, en el soporte humano indispensable para la obra. Ella no solo lleva un mensaje; ella es el terreno donde la semilla germinó y se hizo vida, permitiendo que otros ya no crean por el eco de una voz, sino por el impacto directo de la Verdad.
El amor de Dios no se explica, se encarna. Y en ese hombro de Sicar, lo divino y lo humano se entrelazan para que el que siembra y el que siega se reconozcan en el mismo gozo
