La vida es un eco vasto, más grande que cualquier aliento que podamos contener, y tú, en esa inmensidad, no eres yo. He caminado la misma distancia que tus ojos curiosos han abarcado, pero en ese vasto recorrido, no he dicho demasiado. Más bien, lo he arruinado, o al menos, así lo siento. Hay momentos en que la mirada se vuelve una intrusión, un foco sobre la intimidad que se siente ajena, de todos y de nadie a la vez. Arrojado hacia la multitud, esas voces se mezclan en un murmullo indescifrable; ¿son de ellos, o de quién? Ese soy yo, acorralado en la esquina, bañado por un reflector que revela demasiado, pero que entonces no comprendía del todo. Estaba perdiendo mi religión, con la que me habia bautizado, recorriendo otro camino poco conocido.
En medio de la confusión, encontré tus pasos. Los seguí, incierto si podría alcanzarte, si merecía esa proximidad. Pero en esa persecución, no he dicho demasiado, no he dicho lo suficiente para explicar el laberinto. Él, quizás una voz interna, un recuerdo, me decía: “Creí escucharte reír”. ¿Alguna vez lo has escuchado cantar, ese murmullo de esperanza que se escapa entre el caos? “Creí verte intentar”, me insistía, y cada noche, en la penumbra, me confieso. Herido por la marea, perdido en la bruma, y ciego como un tonto que se aferra , sigo perdiendo mi religión.
Me arrodillé, buscando un consejo, una señal en el incierto. Y si todas esas fantasías que habitaban en el reino de lo inalcanzable comenzaran a ser realidad, ¿qué haría? Ahora, quizás, he dicho demasiado. Lo que has vivido, esa danza en el rincón de la multitud, quizás fue solo un sueño, si, solo fue un sueño.
