Parábola de las diez vírgenes

Mateo 25:1-13

La conocí en 2014, aunque decir “conocer” quizá no sea exacto. No era una persona concreta todavía; era más bien una presencia. Algo que se manifestaba de forma intermitente, reflejada en los otros, pero que nunca permanecía. Con el paso de los años —especialmente hacia 2018— esa presencia comenzó a adquirir peso, densidad. No buscaba una relación en el sentido convencional. No había urgencia ni expectativa. Buscaba compañía. Afinidad. Una forma de estar en el mundo que no me resultara ajena.

Me preguntaba si alguna vez la conocería realmente. Porque aunque creía verla en muchas personas con las que me cruzaba, nada se sostenía. No era continuidad lo que encontraba, sino fragmentos. A veces no eran buenas personas; otras veces simplemente no eran compatibles conmigo. Yo buscaba a alguien como yo, aunque en ese entonces ni siquiera estaba seguro de quién era yo. Me parecía imposible encontrar algo así. Me desanimé. Llegué a pensar que nunca aparecería, precisamente porque yo mismo aún no estaba definido. Así que dejé de buscar.

Durante varios años hice mi vida de forma casi automática. La tormenta —porque así la recuerdo— terminó alrededor de 2018, pero había comenzado antes. En 2014, cuando todo inició, yo tenía una casa, un matrimonio amoroso, una vida estable en Saltillo, Coahuila. Todo parecía estar en su lugar. Luego lo perdí todo. Y en esa caída, solo una persona me tendió la mano: mi padre.

Él me ayudó a atravesar la crisis. Trabajé con él durante un tiempo. Profesor jubilado, exdirector de secundaria, decidió cumplir su sueño tardío: tener un rancho. Yo lo acompañé ahí, cuidando vacas y becerros, trabajando la tierra, siguiendo una vida sencilla, casi silenciosa. Así pasaron los días. Así seguí adelante.

Más tarde regresé a la universidad. Tenía clavada la espina de no haber concluido medicina. No volví a ese camino, pero estudié Ciencias de la Educación. En el salón había una chica que me atraía; se llamaba Sara Itzel. En ese tiempo, la búsqueda seguía activa en mí, aunque no siempre consciente. Buscando a ese espíritu que había intuido años atrás, abrí una cuenta de Twitter. No como estrategia, sino como gesto: pensé que si existía, si era real, de algún modo me leería.

Y ocurrió ahí. En Twitter fue la primera vez que tuve contacto con ella. No con un cuerpo, sino con el espíritu. No con una historia completa, sino con una señal clara. No me acerqué a Sara ni a nadie más; no hacía falta. El contacto ya había sucedido. Algo había respondido.

Después vino un sueño. Y ese sueño no cambió el rumbo, pero sí lo profundizó. El amor que despertó no estaba dirigido a una persona específica; era más hondo, más amplio. Comprendí que la búsqueda no se agotaba en escribir o en ser leído. Que había algo que debía escuchar con más atención. Fue entonces cuando apareció una idea que nunca había tomado en serio: leer la Biblia.

Yo no la había leído jamás. Recordé que mi exesposa me había regalado una antes de irse. La busqué. Cuando la abrí, en la primera hoja encontré una dedicatoria dirigida a mí, acompañada de una cita:
“Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos” (Efesios 5:28).

No lo viví como nostalgia, sino como revelación. No porque respondiera al pasado, sino porque parecía hablarle a la búsqueda presente. Por primera vez estaba buscando conscientemente a ese espíritu, y la respuesta me salió al encuentro. Así comencé a leer.

Años después, la encontré. Y decir “encontrar” tampoco es del todo preciso: más bien coincidimos. Lo improbable no era ella, era que existiera alguien compatible con mis desajustes. Yo me sé particular, difícil, irregular. Y sin embargo, era como yo. Las mismas grietas. Las mismas tensiones. Comprendí entonces la parábola de las diez vírgenes de otra manera.

El Reino de los Cielos no como un lugar futuro, sino como la humanidad misma. Las vírgenes como las mujeres del mundo. El aceite como el espíritu: aquello que no se improvisa, que no se presta, que no se finge. Algo que se cultiva en silencio. Cinco lo llevan. Cinco no. El cinco, tantas veces en la Escritura, como símbolo de la gracia: no de la perfección, sino del don.

Yo no buscaba formas, ni promesas, ni certezas externas. Buscaba ese aceite. Ese espíritu. Esa gracia compartida. Y cuando la encontré, supe que la conocía desde antes, incluso sin haberla conocido plenamente. Por eso a las demás no les abrí la puerta. No fue rechazo ni soberbia. Fue verdad.
“No las conozco”, dije. Porque conocer, al final, no es haber visto, sino haber reconocido.

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