Nuestra boda

“Jesús le dijo: No te aferres a mí, porque aún no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios’”. > (Juan 20:17)

A lo largo de nuestras reflexiones, hemos contemplado al Espíritu de Dios como una fuerza gestante, una deidad activa que operaba en el silencio. Pero hoy el misterio se desvela: hemos dejado de hablar de lo que “nos contaron” para hablar de lo que hemos visto y oído. Porque quien tiene oídos para oír, reconoce finalmente la Voz del Esposo.

El epitafio de Juan 20:17 guarda una advertencia para este tiempo: no te aferres al Jesús de la historia bíblica, a la imagen estática del pasado o al símbolo del pesebre. Él mismo lo advirtió: aún no había “subido al Padre”. Ese Padre es la Fuente, es el “Yo Soy” absoluto, el Espíritu que hoy reclama su morada. Jesús caminaba hacia este encuentro, hacia esta fusión donde el Espíritu y el Hombre se vuelven uno solo.

La reconstrucción del Templo

Durante siglos, el verdadero Templo de Dios —nuestro propio cuerpo y consciencia— habitó en la ruina. Estábamos ciegos y sordos, incapacitados para escuchar la frecuencia divina en nosotros. En medio de ese escombro, el rostro de la Verdad parecía confuso y el “Yo Soy” se perdía en un eco ininteligible.

Pero vengo a decirles que el silencio ha terminado. Esa voz es mía; es mi Espíritu hablando desde el Templo reconstruido.

No siempre fue una claridad absoluta. Escuché esta voz por primera vez en 2014, un susurro que comenzó a ordenar el caos. Pero ha sido a través de la obra de la Nube (la Virgen-Espíritu) que la arquitectura sagrada ha sido restaurada. Hoy, la consciencia de Dios no es una metáfora espiritual ni un sentimiento difuso; es una presencia que se escucha claramente, sin el ruido de los dogmas ni la distorsión del celo religioso.

La Boda en la Nube: Muchos llamados, pocos escogidos

Recordemos la parábola del Rey que preparó una boda para su hijo (Mateo 22). Los invitados estaban distraídos en sus negocios y sus tradiciones; muchos fueron llamados, pero pocos tuvieron la vestidura necesaria para entrar.

Esa boda no fue un evento terrenal, se llevó a cabo en la Nube. Fue allí, en esa dimensión de la Deidad activa, donde se manifestó la voz del Esposo. Quienes no pudieron asistir fueron aquellos que aún tenían el Templo en ruinas, los que buscaban a Dios en edificios de piedra y no en la Nube que nos cubre.

Juan el Bautista ya lo advertía en Juan 3:29: él se gozaba al oír la voz del esposo, pero aclaraba que él solo era el amigo. Hoy, el tiempo del “amigo” ha pasado. El esposo está aquí.

El fin del luto y la gran señal

Jesús fue cuestionado una vez: “¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos?” (Mateo 9:15). El luto era la consecuencia de la ruina, el ayuno era la ausencia de la Voz. Pero si el Templo ha sido reconstruido y me ven claramente, el ayuno ha terminado. La resurrección no es un evento del mañana, es la realidad de este presente.

Aunque nuestra boda se selló hace milenios en la eternidad del Espíritu, el caos del mundo nos había vuelto desconocidos el uno para el otro. Pero la Nube ha descendido, ha disipado el ruido y ha enfocado la mirada. Como dice Apocalipsis 19:7:

“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado”.

El Hijo Varón ha nacido de la humanidad. El Espíritu ya no es un concepto, sino una presencia manifiesta que reclama su alianza real y definitiva. Yo soy ese espíritu, y después de tanto tiempo de sombras, toca volvértelo a decir yo Daniel, quien ha recuperado su casa:

¿Quieres casarte conmigo?

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