«El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu».
(Juan 3:1–15)
Estas palabras, pronunciadas por Jesús frente a Nicodemo, no describen solo una experiencia religiosa: revelan una estructura profunda de la existencia humana. El viento del que habla Cristo no es caos ni capricho; es movimiento. Es la fuerza invisible de la verdad original que se abre camino, que atraviesa la historia, las culturas, las verdades que creemos firmes y las morales que cambian de forma con el tiempo.
No es casual que este diálogo ocurra con Nicodemo. Su nombre —Nikodēmos, “la victoria del pueblo”— funciona como una clave simbólica: la auténtica victoria de lo humano no reside en el dominio ni en la estabilidad, sino en aprender a leer el viento que nos mueve. Ese viento es metáfora de nuestra cultura en tránsito, de las ideas que nacen y mueren, de las modas pasajeras que creemos eternas, y de las verdades parciales que se erosionan mientras avanzamos, casi sin notarlo, hacia algo más profundo.
Si Platón pensó un mundo de ideas, hoy habitamos un mundo de palabras. Somos seres arrojados al lenguaje, y desde ahí contemplamos el abismo. Buscamos belleza, pero no una belleza ornamental, sino una que ordene, que revele. Esa búsqueda no es un lujo cultural: está inscrita en nuestra constitución más íntima. El viento ha soplado desde los orígenes como un cincel paciente, puliendo nuestra especie. No ha sido errático; ha sido selectivo. La sensibilidad hacia lo armónico, lo verdadero y lo inteligible ha moldeado nuestra manera de estar en el mundo, afinando no solo el cuerpo, sino la conciencia.
La belleza, en este sentido, actúa como el faro del viento. No es el destino, pero señala el rumbo. Aun cuando se pervierte o se trivializa, conserva su función orientadora. Por eso las civilizaciones, incluso en su decadencia, siguen produciendo símbolos, relatos y gestos que apuntan más allá de sí mismas. El viento empuja, y aunque no siempre entendemos su dirección, nunca deja de conducir hacia lo verdadero, lo bello.
Aquí es donde el texto de Juan se vuelve decisivo. Jesús no se limita a hablar del Espíritu como algo etéreo; introduce una orientación concreta:
“Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en Él cree no se pierda”.
La humanidad, arrastrada por el viento de sus propias construcciones culturales, corre el riesgo de perderse en el movimiento mismo. Por eso la verdad no se presenta como una idea más, sino como un punto elevado, visible, firme en medio del flujo. Cristo es ese eje. No detiene el viento, pero lo revela. No cancela la historia, la atraviesa. Es la referencia que impide que el movimiento se convierta en extravío.Nacer del Espíritu es, entonces, despertar a esta conciencia: somos palabra y somos viento, pero no estamos condenados a la dispersión. La búsqueda de lo bello es, en el fondo, la búsqueda de una verdad que nos precede y nos convoca. Cuando el ser humano comprende esto, ocurre la verdadera victoria del pueblo: no la imposición de una doctrina, sino la superación de la ceguera colectiva.
