Mirarán al que traspasaron.

Juan 19:31-37

Esto es personal.
Es la forma en que yo leo.
No intento convencer a nadie ni proponer una doctrina; apenas intento comprender.
Es un tema delicado para mí, porque toca a alguien a quien amé demasiado.
Es una historia íntima. Si no te interesan las historias personales, quizá sea mejor no seguir leyendo.

Este es un blog.
Escribo como las cosas van apareciendo, sin un plan previo, sin continuidad forzada entre temas. Cada texto nace por su cuenta. Por eso, aun a riesgo de repetirme, vuelvo a contar una historia ya dicha: no para repetirla, sino para mirarla desde otro ángulo, como si el tiempo hubiera cambiado la luz.

Alguna vez he hablado aquí de un poema que me cambió la vida. Fue una piedra angular, una grieta por donde entró un mundo nuevo. El poema se llama “Mujer”. Lo escribí en 2014. Lo escribí a ciegas. En ese momento pensaba en Jesús, pero lo escribí para mi madre, que había fallecido en 2012. No hubo otra razón más que el amor inmenso que le tengo.

La Biblia la empecé a leer muchos años después, alrededor de 2021. Y cuando llegué a la escena de la crucifixión, algo se abrió. En la tercera palabra de Jesús en la cruz, él se dirige a su madre llamándola “mujer”. Sin buscarlo, sin forzarlo, entendí —antes de poder explicarlo— que aquel poema encajaba ahí, de una manera inquietante. Era como si hubiera sido escrito para ese momento.

La comparación fue inevitable. El sufrimiento de Jesús y el sufrimiento de mi madre comenzaron a superponerse. Y eso me dolió. Me dolió profundamente. Me sentí avergonzado. Pensé: ¿cómo pude permitir ese sufrimiento? ¿Cómo se carga con algo así sin quebrarse por dentro?

He dicho otras veces —y lo repito aquí— que, en cierto sentido, pienso que quien realmente muere en la cruz no es Jesús, sino su madre.
Cuando él dice al discípulo a quien amaba: “He ahí tu madre”, y el texto añade que desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa, algo se desplaza. La escena deja de ser solo una ejecución y se convierte en una herencia de dolor. Una entrega. Una sustitución silenciosa.

Cuando leí eso, quedé detenido. No fue una revelación triunfal, sino un golpe. No era mi intención pensar así. Lo pensé durante mucho tiempo, porque resulta casi indecente decir algo así sobre la muerte de Jesús. ¿Quién se atreve?

Mi madre enfermó de insuficiencia renal en 2007. Pasó por diálisis peritoneal. Sé lo que implica ese proceso. Sé lo que se pierde, gota a gota, día tras día. Desde ese lugar leo el texto. Desde lo vivido. No desde la teoría.

Y luego está la lanza.
El soldado atraviesa el costado y brotan agua y sangre. He leído muchas explicaciones. Fisiológicas, simbólicas, sacramentales. Ninguna termina de satisfacerme. Porque el texto insiste en otra cosa: “Mirarán al que traspasaron”. No dice: entenderán. Dice: mirarán.

Yo leo el agua y la sangre no como un detalle médico, sino como una revelación. Es una señal para reconocer de quién se trata realmente. No para explicar, sino para mostrar. Para que, al mirar, algo se haga evidente sin necesidad de palabras.

No he hablado de esto con nadie. Nunca.
Pero en ese gesto, en ese cuerpo abierto del que sale agua y sangre, yo veo a mi madre. No como una afirmación teológica, sino como una verdad íntima. Como la única forma que tengo de mirar ese pasaje sin traicionarme.

No digo que sea así.
Digo que así lo leo.
Y a veces leer es lo único que nos queda para no perder del todo a quienes amamos.

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