La verdad, como voluntad de poder… El amor

La mano que te alimenta

Si he escuchado bien el susurro de Friedrich Nietzsche, la Voluntad de Poder no es tiranía, sino ese impulso primordial por emerger, por romper la cáscara de la mediocridad y erguirse sobre la propia existencia. Es la fuerza que nos lleva a estudiar, a conquistar un oficio, a brillar en el rebaño social.

Sin embargo, sospecho que el filósofo alemán le dio un nombre nuevo a algo tan antiguo como el tiempo. Yo me atrevo a llamarlo Amor.

El amor es esa fuerza incontenible que se abre paso en la vida.

Desde la danza atómica de las moléculas y los aminoácidos, hasta la complejidad de nuestras células, todo conspira para persistir. Lo percibimos como un sentimiento, sí, pero su manifestación real es un acto: allanar el camino. El amor propio es limpiar nuestra propia vereda de maleza; el amor al prójimo es suavizar la cuesta para quien camina a nuestro lado.

No existen mil tipos de amor; la esencia es una sola. Es la misma flama la que arde por la pareja, los hijos, los amigos o las mascotas. La confusión nace cuando mezclamos los ingredientes: el amor de pareja lleva la especia de la atracción sexual, el deseo sexual, es nuestro propio deseo de abrir nuestra vereda, pero el deseo es un viajero que puede andar solo. El verdadero testamento del amor no está en el deseo, sino en la pregunta silenciosa que debemos hacernos: ¿Estoy facilitando la vida de quien amo, o soy una piedra en su zapato?

Escribo esto observando el campo de batalla moderno. Veo en internet una guerra de trincheras: hombres acusando a mujeres de no saber amar, y voces que claman que el amor nace de la admiración. Quizás la verdad sea más cruda: a menudo, lo que llamamos “amor desde la admiración” es solo la necesidad del ego de reflejarse en el éxito ajeno.

El conflicto es eterno. El amor siempre está en pugna: el egoísmo natural nos grita que primero debemos salvarnos a nosotros mismos —allanar nuestro propio camino— antes de poder allanar el de otros. Y ahí nace la discordia.

Los seres humanos, hombres y mujeres por igual, somos girasoles buscando el sol del éxito ajeno. Nos relacionamos con los fuertes, con los capaces, no por maldad, sino por esa Voluntad de Poder compartida. Buscamos a quien pueda allanarnos el camino. Incluso el exitoso busca afecto, no por carencia material, sino por la validación de su propia fuerza.

Un amigo critica a las mujeres por esta selección interesada, en repetidas ocasiones y sin descanso las llama interesadas, pero él, en su ceguera, aplica la misma lógica con sus amistades. Nadie es inmune. Hay una legión de invisibles: los pobres de bolsillo, los pobres de intelecto, los pobres de belleza. Ellos no son candidatos elegibles; ellos no pueden allanar nuestros caminos.

Entendí el malestar de mi amigo porque era el espejo de mi propio malestar con la sociedad. Pero hoy reflexiono y veo que no es culpa, ni maldad. Es solo biología. Es solo Voluntad de Poder. Es, cruelmente, amor.

Y ante esta verdad, me pregunto: ¿Tengo entonces que hacer las paces con mi realidad desde mi pobreza? ¿Debo encontrar la paz aquí, en la inmensidad de mi soledad? en ese egoísmo incluso de ideas?,

Debo de luchar por una verdad en mi, incluso si no la hay?

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. (Mateo 6:26(

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