Juan 11:1-37
Fue alrededor de 2007 cuando mi madre enfermó de insuficiencia renal. Desde entonces dejé los estudios para dedicarme por completo a su cuidado. Sé que todos aman a su madre, pero el amor que sentía por la mía era profundo, casi desmedido. A veces pienso que iba más allá de lo normal. No lo vivía como un sacrificio ni como una renuncia; lo sentía como una deuda antigua, silenciosa. Ella me había cuidado con ternura cuando era niño, y yo pensaba —sin razonarlo demasiado— que la vida pedía equilibrio, que en algún punto había que devolver lo recibido.
Con el paso del tiempo, la enfermedad avanzó. Su cuerpo se debilitaba, pero era su ánimo lo que más me dolía: la angustia, la tristeza, el miedo. Su sufrimiento se volvió también el mío. Aunque seguía siendo mi madre, en cierto sentido se transformó en mi hija, en una niña frágil a la que había que sostener. La acompañaba no solo de manera física, sino emocional; cargaba su dolor como si fuera propio, porque lo era.
Durante las noches de diálisis peritoneal le aterraba quedarse sola. Me pedía que me quedara con ella hasta que se durmiera. Así que cada noche estaba ahí, esperando a que conciliara el sueño. Escuché todas sus oraciones. Cada una me atravesaba. Mi impotencia era enorme: no podía hacer más. Poco a poco se fue instalando en mí una sensación difícil de nombrar, como si Dios nos hubiera abandonado, como si el cielo hubiera guardado silencio.
Mi madre murió a finales de enero de 2012. Y yo morí con ella. Aunque vi su cuerpo, aunque fui testigo de su muerte, la angustia no terminó. Persistía una necesidad más profunda: saber que ella estaba bien, que no se había perdido en la nada.
Quizá esa fue mi propia experiencia con Lázaro. Su nombre significa “aquel a quien Dios ayuda”. Tal vez esa ayuda solo puede comprenderse desde la muerte. A Lázaro le dijeron a Jesús: “El que amas está enfermo”. Jesús fue claro: no era un sueño, Lázaro había muerto. Y no llevaba poco tiempo en la tumba: llevaba cuatro días.
En la Biblia, los números no son azar. El cuatro habla de totalidad: los cuatro puntos cardinales, la extensión completa de la tierra. Aun así, Jesús dijo algo desconcertante: “Me alegro de no haber estado ahí”. Sonó a abandono. Pero añadió: “para que ustedes crean”.
Incluso Tomás lo entendió a su manera: “Vayamos también nosotros, para que muramos con él”. Y Marta tenía razón: si Jesús hubiera estado ahí, Lázaro no habría muerto. Es la lógica humana, la que espera una intervención inmediata. Fue la única vez que Jesús lloró. Y al verlo llorar, todos entendieron que lo amaba.
Entonces dijo: “Lázaro, ven fuera”. Y Lázaro salió.
Al final, levanté los ojos y dije:
Padre, gracias te doy por haberme oído.
