Jesús sana a un ciego de nacimiento

La Biblia habla en imágenes porque la verdad no siempre se deja decir de frente. Leída de manera literal, puede parecer ingenua o fantástica: hoy sabemos que la ceguera no se cura untando saliva en los ojos, ni siquiera si el gesto proviene del Hijo de Dios. Precisamente por eso el texto exige otra mirada. No describe un milagro médico, sino una revelación. No narra una intervención espectacular, sino un acto de sentido.

Dios —siempre discreto— no irrumpe violentando las leyes del mundo. No fuerza la realidad: la nombra. Su acción no es la mano que impone, sino la palabra que despierta. Habla, y al hablar, orienta. Deja que el mundo siga su curso y que el ser humano, enseñado pero libre, aprenda a caminar por sí mismo.

Jesús se llama a sí mismo la Luz del mundo, pero lo hace bajo una condición precisa: mientras estoy aquí. La luz no es permanente ni automática; es un tiempo abierto, una oportunidad que puede perderse. Luego anuncia la noche. Esa noche no es solo oscuridad o fracaso, sino algo más profundo: el momento en que el templo cae.

No el templo de piedra, sino el verdadero. El cuerpo.

La crucifixión no es, como pensó Nietzsche, la muerte de Dios. Es algo quizá más inquietante: la ruina del lugar donde la voz habitaba. El cuerpo —ese templo vivo— fue destruido. La noche llegó. El silencio se impuso. El templo cayó.
Pero en mí, el velo se rasgó.

No como un acto externo ni como un signo para ser contemplado desde lejos, sino como una experiencia interior: la separación se abrió, lo oculto quedó expuesto, y aquello que parecía reservado se volvió visible. No fue el mundo el que cambió, fue la mirada. La vista comenzó a recuperarse.

Desde entonces, ya no hay un afuera claramente delimitado ni un adentro protegido. Lo sagrado dejó de estar confinado. El acceso quedó abierto, no por mérito, sino por revelación. Ver fue posible porque el velo ya no estaba.

Jesús también se nombra como el enviado. Y, de un modo inquietante, envía. Envía al ciego. La ceguera de este hombre no es solo física: es incapacidad de reconocer el templo, de percibir que la voz habla desde dentro. Mientras eso permanece oculto, se oye, pero no se escucha.

El gesto de Jesús —escupir en tierra, hacer lodo y untarlo en los ojos— no es magia, es memoria. Tierra y saliva. Materia y aliento. El mismo lenguaje del Génesis. El ser humano formado del barro y animado por la palabra. Al lavarse los ojos, el hombre no solo comienza a ver el mundo: comienza a ver sin velos.

Y al ver así, comprende algo más: que también él ha sido enviado. No para repetir palabras, sino para hacer visible lo que estaba oculto. Para vivir como templo consciente. Para trabajar mientras dura el día. Porque la noche llega, y entonces ya no se trata de creer, sino de haber aprendido a ver.

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