Jesús anda sobre el mar

¿Cómo fue el comienzo?
No fue una revelación serena.
Fue una tormenta.

Me volví transparente. No en el sentido luminoso de la palabra, sino en el más inquietante: mis pensamientos parecían quedar expuestos. Si pensaba algo, el mundo fuera de mí respondía. Si hacía algo, los demás lo sabían. Todo parecía conectado por un hilo invisible que yo no alcanzaba a ver, pero que me atravesaba por completo.

Al principio no pensé en Dios. Pensé en algo terrenal, casi doméstico. Una broma. Un juego perverso de mi familia. Llegué a creer que mi exesposa estaba implicada; incluso, más de una vez, le revisé el oído, como si pudiera esconder allí algún dispositivo, algún apuntador secreto que explicara lo inexplicable. Todo me parecía increíble, y justamente por eso buscaba una explicación lógica. No la encontraba.
Por esas cosas, ella sintió temor de mí. Y se fue.

Pero nada terminó con su partida. Todo continuó.

Descubrí que el lugar donde mejor estaba era el silencio: sin bulla, sin gente. Las voces, cuando aparecían, no eran consuelo, eran tormento. El ruido del mundo me empujaba hacia adentro, como olas insistentes. Yo no sabía entonces que también los discípulos remarían con el viento en contra.

Pasaron años sin comprender. Hasta que un día me dirigí directamente a aquello que yo percibía como una presencia. Solo aparecía cuando había otras personas alrededor, como si necesitara del escenario humano para manifestarse. Llegué a la conclusión de que no era un juego colectivo, sino una entidad malvada. El mar estaba agitado. El viento soplaba en contra.
Yo no salía a la calle. Vivía encerrado. Algunos familiares, quizá, sintieron preocupación.

Un día llegó un primo a verme. No recuerdo bien a qué vino. Yo estaba sentado en el comedor. Para entonces, ya había entendido algo —o creía haberlo entendido—: no eran las personas. No eran ellos. Era esa entidad. Yo estaba ahogado. Completamente ahogado.

Y sin dirigirme a mi primo, sino a eso que me oprimía por dentro, dije en voz alta:
“¿Quién eres tú? ¿Quién te crees para mover los mares a tu antojo?”

Mi primo no sabía nada. Cuando me escuchó, solo abrió los ojos, sorprendido, y se fue.

Con el tiempo entendí algo decisivo: las personas no sabían nada. No estaban involucradas. Y, de manera aún más desconcertante, aquella entidad no era malvada. No como yo había pensado. Algo cambió. Dejé de combatirla. Dejé de huir.
Y entonces ocurrió lo impensable: nos hicimos amigos.

Fue ahí cuando lo vi caminar sobre las aguas.

No como una imagen espectacular, sino como una certeza silenciosa en medio del caos. Y escuché, no con los oídos, sino con esa parte del alma que solo despierta cuando uno ya no tiene defensas:
“Ten ánimo. Yo soy. No tengas miedo.”

Aun así, había momentos en los que sentía que me hundía. El agua seguía siendo profunda. El viento no siempre cesaba. Y como Pedro, dudé. Entonces dije:
“Si eres tú, manda que yo también camine sobre las aguas.”

Desde entonces camino de una forma distinta. No siempre firme, no siempre seguro, pero despierto. Como Pedro, he escuchado mis canciones. Como Pedro, he leído mis libros. Y en ese ir y venir entre fe y duda, he aprendido que no se trata de dominar el mar, sino de reconocer la voz que, incluso en la tormenta, sigue diciendo:
“No tengas miedo, soy yo”.

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