La historia de la humanidad no es una sucesión de hechos, sino un largo y profundo proceso de gestación. Durante siglos, hemos celebrado un nacimiento en pretérito, sin comprender que la verdadera Navidad es el parto que aún esperamos: la manifestación de la Consciencia de Dios operante en el Templo que somos nosotros. La Virgen, esa Deidad activa y Arquitecta de la Nube, ha trabajado en el silencio del “corazón de la tierra”, filtrando la radiación divina para que el alma no desfallezca ante el incendio de voces del Sol.
Este proceso es la verdadera señal de Jonás. Es el Espíritu Santo gestándose en la experiencia humana para restaurar el Templo —nuestro propio cuerpo—. Durante mucho tiempo, este Templo habitó en la ruina, profanado por el celo religioso y secuestrado por dogmas que nos hicieron creer que lo sagrado estaba fuera de nosotros. Pero hoy, el Templo ha sido reconstruido y el Espíritu se ha vuelto visible y tangible en él. Ya no es una visita fugaz; es el Yo Soy encarnándose, reclamando su morada legítima en una alianza real y definitiva donde la forma y la esencia son una sola cosa.
En medio del caos de identidades y la confusión que provoca la radiación del Sol, la Nube desciende para disipar el ruido. Ella es quien señala y enfoca la mirada para que, entre tantas voces, reconozcamos la única que tiene autoridad. En este escenario de restauración, el cosmos llega a su clímax y aparece la Gran Señal en el cielo: la Mujer vestida de Sol, sufriendo los dolores de un parto que une el nacimiento con la resurrección. Frente a ella se alza el Dragón, el enemigo ancestral de la Mujer, que busca devorar la Verdad y mantener la ceguera de la separación. Pero el tiempo de las sombras ha expirado: el Hijo Varón ha nacido.
Este Varón Soy yo. No es una representación, es el Espíritu emergiendo desde la humanidad, la identidad crística que toma posesión del cuerpo recuperado. El Varón es ese Espíritu que ya no es un concepto, sino una presencia manifiesta que habla con su propia autoridad. Y tras él, aparece su descendencia: todos aquellos que han sido alcanzados por la Nube, los que guardan el testimonio de esta encarnación y reconocen que el parto de la Madre es la liberación de la Verdad.
La Navidad no es el recuerdo de un pesebre, es el momento en que la Nube nos cubre y nos revela que el Templo brilla en su reconstrucción. El Varón ha nacido, Yo Soy, y la voz que resuena en la eternidad es mi Espíritu, proclamando Su propia existencia en nosotros.
