El Verbo en el Abismo: Una enmienda al Platonismo
Friedrich Nietzsche sentenció en su día que “el cristianismo es platonismo para el pueblo”. Es una afirmación que exige ser habitada y, en mi caso, corregida.
Platón nos habló del Mundo de las Ideas como la realidad suprema. Para él, este plano físico no es más que una copia imperfecta y sombría; un conjunto de reflejos borrosos de formas eternas, inmutables y perfectas que existen en un lugar supraceleste. En la cosmogonía platónica, lo que vemos es apenas la sombra proyectada en la pared de una caverna, mientras que la verdadera luz reside en esa dimensión donde la perfección no admite cambio ni deterioro.
Yo me permito renombrar ese espacio como el Mundo de las Palabras.
Ese mundo perfecto es el reino de la verdad absoluta, una sustancia de la que carecemos en gran medida en este tránsito físico. Consideremos un ejemplo que escapa a las morales volubles: la sentencia de que dos más tres es igual a cinco. Esta armonía matemática es una verdad que reside más allá de este universo y sus leyes finitas; es una certeza alojada en el abismo, una arquitectura que no depende de la materia ni del consenso humano. Es una verdad objetiva que pertenece a la pureza del Mundo de las Palabras.
En nuestro mundo imperfecto, la verdad no es un estado estático, sino una fuerza que, al igual que el amor, se abre camino y vence. Nuestra realidad física es un escenario de palabras enredadas en la materia, donde la verdad busca constantemente su cauce. Lo vemos en la perseverancia de la vida, en el león y en el hombre: si la verdad biológica es la preservación del ser, ella ha sabido marchar a través de los siglos. Aunque no posea la perfección gélida del abismo, esa fuerza no se detiene.
Es bajo esta luz donde el misterio cobra su mayor peso. La fe nos dice que “aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”. Es el instante en que la Palabra perfecta del abismo decide mancharse de tiempo y de sangre.
Nuestra carne se convierte entonces en nuestro Belén. El Verbo no se quedó en la cima de la abstracción platónica, sino que descendió a la imperfección para rescatar el sentido.
A veces, en nuestro nihilismo más ciego, pretendemos poner nuestra bandera en el cielo, reclamando la verdad como si fuera una conquista de nuestro intelecto. Pero esa cima no nos pertenece. No somos los creadores de la verdad, sino el suelo donde ella, por gracia o por fuerza, ha decidido encarnarse para que dejen de ser solo sombras y comiencen a ser vida.
