El parto que aún esperamos
El pasado 12 de diciembre celebramos a la Virgen María. Para muchos pasó como una efeméride más del calendario religioso, una fecha que la mayoría del pueblo mexicano venera por tradición, pero cuyo significado profundo a menudo se escapa. Y, sin embargo, ahí reside el eje, el centro gravitacional de todo el cristianismo.
Esta reflexión nace de un lugar inusual, detonada mientras escuchaba “Billie Jean” de Michael Jackson. Una canción sobre identidades y reclamos que, paradójicamente, me llevó a pensar en la verdadera naturaleza de la Maternidad Divina.
Sabemos que María concibió por obra del Espíritu Santo. Pero debemos quitarnos el velo: el Espíritu Santo no es una entidad abstracta. Es la Consciencia de Dios operante. Es una fuerza que no hace acepción de personas; elige manifestarse “desde” quien Él quiere: en el profeta, en el poeta, en la ciencia, e incluso en la mente del ateo para cumplir una obra. A esto le llamamos inspiración divina. La Biblia misma no cayó del cielo; fue escrita porque ese Espíritu se manifestó desde la pluma de hombres comunes, sin anular su personalidad, pero dando luz a la Verdad.
Aquí yace el misterio: Jesús no restringe esta manifestación a los templos. La voz de Dios resuena en la filosofía, en el arte, en la vida diaria. Solo hay que saber discernir la fuente.
Bajo esta óptica, la Virgen María trasciende a la figura histórica de Nazaret. Ella es la representación de esa Deidad activa, es el Espíritu Santo mismo gestándose a través de la humanidad durante milenios.
Jesús nos deja una pista formidable en Mateo 12:40 con la “señal de Jonás”. Recordemos que Jonás significa “Paloma” (símbolo inequívoco del Espíritu). Esos “tres días y tres noches” en el vientre del pez, en el “corazón de la tierra”, no son solo un lapso de tiempo; son una metáfora del embarazo cósmico. Es el Espíritu de Dios (la verdadera María) gestándose en las personas, preparando el terreno siglo tras siglo, apareciendo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo.
Por eso hago esta reflexión osada: La María bíblica es el símbolo de una preparación que quizás no ocurrió como pensamos en el pasado, o mejor dicho, no se agotó allí.
Si el Espíritu Santo, que se ha manifestado en canciones, poesías y escrituras preparando el camino, es la verdadera esencia de la Virgen, entonces surge una pregunta que estremece los cimientos de nuestra Navidad:
¿Acaso Cristo aún no ha nacido?
Mi sentir es que Cristo no busca nacer en nosotros (como un mero sentimiento interno), sino nacer de nosotros. Nosotros somos el vehículo del parto. Tal vez todo lo que hemos vivido hasta hoy es la gestación de ese Espíritu, una referencia de un nacimiento que ha existido en la eternidad pero que aún no ha entrado en su “parto” definitivo en este plano.
Se acerca la Navidad y la gran mayoría festejará un nacimiento pretérito, mientras que la realidad espiritual nos sugiere que estamos celebrando a quien aún está por nacer de la humanidad.
Feliz Navidad anticipada a todos. Sigamos preparando el parto del Hijo del Hombre.
