El eterno retorno

Yo no entiendo el eterno retorno de Friedrich Nietzsche como un simple recurso pedagógico para vivir con intensidad, como una advertencia moral para “aprovechar el día” o no dejar nada para mañana. No lo leo como metáfora. Lo tomo en serio. Literalmente.
Una sola vida, sí, pero condenada a repetirse infinitamente, idéntica hasta en el más pequeño gesto, una y otra vez, sin escape y sin novedad. No como exhortación ética, sino como estructura del ser.

En algún momento reflexioné sobre la naturaleza eterna del ser. Su esencia no depende del tiempo; no está sujeta a la cronología ni al desgaste. Es metafísica. Y si el ser es eterno, también lo es la posibilidad de los universos que brotan de él. Quizá no comprendemos aún el mecanismo, pero si hablamos con propiedad de eternidad, el eterno retorno deja de ser una extravagancia poética y se vuelve, al menos, lógicamente verosímil. Lo eterno no progresa: se repite.

La Biblia también roza este vértigo. Dice que en seis días Dios creó todo lo que existe y que al séptimo descansó.
“Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó” (Génesis 2:2).
Ese descanso no es solo físico ni narrativo: sugiere el cierre de la creación. Nada nuevo se añade. Lo creado queda clausurado. Desde ahí, el retorno toma protagonismo. Lo que es, vuelve a ser. No creamos: reiteramos. No inauguramos: repetimos. Vivimos nuestra vida una y otra vez, sin añadir una sola línea nueva al guion.

En ese escenario, el hombre no es creador sino rehén. Preso en un abismo perfectamente ordenado. Incapaz de romper el ciclo porque todo ya ha sido hecho. Nada verdaderamente nuevo puede acontecer.

Ahí aparece Sísifo. El hombre que engañó a la muerte y fue castigado con la eternidad. Condenado a empujar una roca enorme montaña arriba, solo para verla caer una y otra vez antes de alcanzar la cima.
Nietzsche vio en este castigo la forma más pura de condena: no el dolor, sino la repetición. Vivir para siempre lo mismo. El eterno retorno como la prueba última, la más cruel, la más honesta.

Y la Escritura parece intuir este horror cuando dice:
“He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre” (Génesis 3:22).
La vida eterna no aparece ahí como promesa, sino como amenaza. Como algo que debe impedirse. Tal vez porque una eternidad sin ruptura, sin redención, no es salvación sino condena. La eternidad de Sísifo. La eternidad de Nietzsche. Una vida infinita sin salida.

Y entonces entra Jesús.

Jesús aparece rompiendo el símbolo más rígido del ciclo: el día de reposo. Es acusado de trabajar cuando no se debe trabajar, de sanar cuando no se debe sanar, de actuar cuando todo debería estar detenido.
Pero Jesús responde con una frase decisiva:
“El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo” (Marcos 2:27–28).

No es solo una discusión legal. Es metafísica.
Jesús no está desobedeciendo una norma: está señalando una salida. Está diciendo que el reposo no es clausura definitiva, que el ciclo no es una cárcel absoluta. Que hay un “segundo piso”. Que no estamos condenados a empujar eternamente la misma piedra.

Al sanar en el día de reposo, Jesús introduce algo radical: interrupción. Ruptura. Gracia.
No todo está cerrado. No todo se repite. No todo vuelve igual.

Frente al abismo del eterno retorno, Jesús no ofrece una explicación: ofrece presencia.
“Estoy aquí”.
Y con eso basta para que Sísifo no tenga la última palabra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *