De Egipto llamé a mi hijo

y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo. (Mateo 11:15)

Fui una persona común. Como tantas otras. Tenía un trabajo, tenía una esposa. Lo que ganaba alcanzaba para vivir con dignidad, sin excesos. Mi vida era modesta: una tienda de ropa, el mostrador como frontera cotidiana, yo detrás de él todos los días, repitiendo los mismos gestos.

Antes de eso, cuando era joven, estudié medicina humana durante varios años. Leer no era una elección, era una exigencia. Cincuenta, sesenta, a veces setenta páginas diarias. No bastaba con leerlas; había que comprenderlas, desarmarlas, retenerlas. Cada párrafo pedía atención total. Era agotador. Sin notarlo, adquirí un hábito que después se volvería decisivo: leer no como placer, sino como necesidad.

Cuando la lectura dejó de ser obligatoria, algo empezó a faltar. En la tienda, entre prendas dobladas y cuentas simples, sentía que una parte de mí se iba afinando hasta casi desaparecer. A veces soñaba que seguía en la universidad, aunque habían pasado muchos años. Trabajaba solo medio turno; el resto del día quedaba suspendido, vacío, como un tiempo sin dirección. Entonces apareció la idea: leer. Pero no solo leer. Leer y pensar. Leer y escribir.

El plan era sencillo: leer un libro, analizarlo, llegar a una conclusión. Abrí un blog porque intuía que una lectura no compartida queda incompleta, como si no terminara de existir. Empecé así: un libro, luego otro, después otro más. Escribía. Al poco tiempo, dos o tres personas comenzaron a leerme. No fueron críticas amables. Eran lectores con formación sólida en filosofía, y yo escribía de filosofía sin ese respaldo. Me sentí pequeño. Fuera de lugar. Inferior. Decidí detenerme.

Para evitar el conflicto, cambié de registro. Pensé en escribir sin pretensión: fragmentos, poemas, algo que no reclamara autoridad. Así escribí uno, luego otro. El tercero se tituló Mujer. Recuerdo ese día con una claridad extraña.


Y, sin embargo, lo que me sucedió me marcó para siempre.
En ese sentido, fue extraordinario.

Ese poema lo escribí sin haber leído realmente la Biblia. Conocía lo general: imágenes, relatos, lo que todos saben. Aun así, estaba inspirado en Jesús —en la idea incompleta que yo tenía de Él— sin comprender demasiado. Pero en el fondo no era para Él. Era para mi madre, que había muerto a finales de enero de 2012, después de años luchando contra una insuficiencia renal. Vivía angustiada por su enfermedad. Creo que intuía que el final se acercaba. Esa angustia también fue mía. El poema fue mi manera torpe, pero sincera, de decirle que la amaba sin condiciones, como si escribir pudiera todavía protegerla.

El poema tiene apenas tres párrafos, pero me tomó unas tres horas escribirlo. Durante todo ese tiempo, una canción sonaba en repetición: Dark Horse, de Katy Perry. Era nueva. Nunca la había escuchado antes. Estaba en inglés y no entendía la letra. Solo la dejé sonar.

Cuando terminé, busqué la canción con subtítulos en español. Quise saber qué decía. Al entenderla, algo se movió dentro de mí. Me sorprendí pensando: es ella. Nunca había visto a una mujer así. Mientras la canción seguía girando, una pregunta se repetía:

“¿Estás listo para una tormenta perfecta?”

Sin pensarlo, sonreí y dije que sí. Estaba listo. Aunque no sabía para qué. No sabía en qué me estaba metiendo. Era un caballo negro. Una tormenta perfecta. Algo capaz de volver inestable la vida entera.

Eso fue lo último que escribí en ese tiempo. La oscuridad no llegó de golpe. Se fue cerrando poco a poco y, en el transcurso de una semana, fue total. Dejé de leer. Dejé de escribir. Todo quedó a oscuras. Y así permanecí durante años.

Solo después entendí la frase.
No como metáfora, sino como estructura.

De Egipto, ella me llamó, pues temía que moriría

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