
Aquel que en sábado se postra en cama
y mudo duerme de día,
por huir del crepúsculo
es acompañado solo por la luna.
Sonrisa de extranjera convierte
en música el mal que le aqueja,
adiós a la última noche,
el camina en un día, o dos.
«Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.»(Lucas 2:7)
Nací el 15 de abril de 1981 en Tapachula, Chiapas, México. Soy hijo de un matrimonio de profesores: mi madre, Sandra Luz, fue directora de primaria, y mi padre, director de secundaria. Crecí entre aulas, cuadernos y conversaciones largas sobre educación, disciplina y vocación. Mi infancia y juventud transcurrieron en Tapachula, una ciudad fronteriza que, sin saberlo entonces, me enseñó desde temprano el valor de la mezcla: de culturas, de ideas y de silencios.
Durante mi juventud estudié cuatro años de Medicina Humana. La fisiología y el funcionamiento del cuerpo siempre me parecieron un territorio fascinante, casi como asomarse a un documental de la naturaleza en tiempo real. Sin embargo, por motivos familiares, abandoné la carrera antes de concluirla. Aquella decisión, lejos de cerrar una etapa, abrió otras preguntas: sobre el sentido, el cuidado, el tiempo y las renuncias.
Me casé en el año 2012, después de cinco años de noviazgo. Vivimos nuestro matrimonio en Saltillo, Coahuila. Ahí emprendí distintos proyectos propios: una tienda de ropa, una farmacia y un consultorio médico, en el que se atendía con el apoyo de un médico familiar. De ese matrimonio nació mi hijo, Alejandro, en 2016. Actualmente tiene nueve años. Ese mismo año el matrimonio llegó a su fin y él se trasladó con su madre a Tapachula. Aunque la distancia nos separa y no puedo verlo con la frecuencia que quisiera, procuro mantener con él un contacto constante, porque la paternidad también se ejerce desde la palabra y la presencia que insiste.
Después del rompimiento, regresé al origen: al campo. Me dediqué a la ganadería en el rancho de mi padre, en un pueblo llamado Julián Grajales. El trabajo con los animales y la tierra me devolvió un ritmo distinto, más lento y más real. Entre ordeñas, amaneceres y silencios largos, aprendí que hay verdades que no se leen, se viven.
En 2018 ingresé nuevamente a la universidad, sin dejar de apoyar a mi padre en el rancho. Años después, alrededor de 2022, inicié una maestría en Administración de la Educación Superior.
Este blog nace de ese cruce. Aquí escribo sobre la Biblia, no como un libro cerrado, sino como un texto que dialoga con la vida; comparto reflexiones personales que no pretenden dar respuestas definitivas, y hablo de canciones que, de algún modo, también piensan. No escribo para enseñar, sino para comprender. Y si en ese intento alguien más se reconoce, entonces la palabra ya habrá cumplido su tarea.
