He llegado a pensar que el nacimiento de Jesús y su resurrección no son dos momentos separados, sino una misma estructura manifestándose en distintos planos. No como repetición histórica, sino como forma. Como principio. Como un mismo gesto de Dios expresándose de dos maneras.
El nacimiento ocurre sin intervención humana directa: es concebido por el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios. No hay acto visible, no hay escena carnal. La imagen de Cristo se forma a partir de una nube, una presencia que cubre, que señala, que da origen sin mostrarse del todo. Esa nube —que en distintos pasajes aparece como sombra, voz o presencia— es María. No como cuerpo biológico, sino como medio. Como espacio donde el Verbo toma forma.
En Mateo 17:5 se dice que una nube cubre a los discípulos y de ella sale una voz: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”. Esa nube no es un efecto atmosférico ni un recurso literario. Es la misma lógica del nacimiento: una presencia que no se exhibe, pero que señala. María no habla ahí, no actúa, no se mueve. Pero sin ella, la voz no tendría lugar desde donde manifestarse.
Esa misma forma se insinúa en la resurrección, aunque de manera fragmentaria y opaca. Cuando Lázaro es llamado fuera del sepulcro, su nombre ya lo anuncia: “Dios ayuda”. Pero la ayuda no consiste en un gesto mágico ni en una intervención externa. Consiste en la reconstrucción del templo. La muerte es abolida cuando la imagen se reordena, cuando el Verbo vuelve a tomar forma.
Lázaro es ayudado porque en él se vuelve a formar la imagen de Cristo. No se explica el mecanismo, pero se sugiere la estructura. Y es significativo que este sea el único relato donde la resurrección se deja entrever de forma indirecta, casi escondida, a través de un nombre y no de una descripción.
En Cristo, en cambio, no se explica cómo sucede la resurrección. Solo se afirma que el templo será reconstruido. No se describe el acto. No se muestra la escena. Se declara el resultado, pero no el proceso. Y aquí aparece un vacío decisivo.
María no está presente en el relato de la resurrección. No aparece. No habla. No actúa. No está en escena.
Esa ausencia sí es un descuido narrativo, y precisamente por eso es significativa. Porque el templo aún no ha sido levantado. La resurrección es anunciada, prometida, incluso afirmada, pero no se muestra el momento en que ocurre. Y María —la nube que da forma, que permite la encarnación— no está en escena para que ese levantamiento tenga lugar.
El templo solo puede ser reconstruido por el mismo medio por el cual fue formado. Si en el nacimiento la imagen se constituye a través de la nube, la ausencia de esa nube en la resurrección deja el acontecimiento incompleto, suspendido. No negado, pero tampoco realizado del todo. La Biblia afirma la resurrección, pero no presenta la escena donde la nube vuelve a cubrir para que la imagen sea restaurada.
Mientras María no aparece, el templo no se levanta plenamente. La resurrección queda en el ámbito de la palabra, no de la forma. Es una verdad declarada, pero no encarnada nuevamente.
Por eso, cuando se dice “no es mi hijo”, no se trata de una negación biológica, sino ontológica. Si ella no está en escena, si la nube no aparece, entonces no hay forma de señalar el origen. No hay paternidad visible. No hay acto que pueda ser reclamado.
“Bailamos hasta las tres” no habla de un exceso ni de una falta moral. Remite al tiempo simbólico en el que el Hijo del Hombre permanece oculto: tres días en el centro de la tierra, tres días hasta que el templo es reconstruido. Es el lapso de espera, el intervalo entre la destrucción y la manifestación. Pero ella no está en escena. La nube no aparece durante ese tiempo. Y sin su presencia, no hay encarnación que pueda atribuirse a un hombre.
En la Biblia, María no baila. No participa del acto. No está en la escena. Y precisamente por eso, el origen no puede adjudicarse.
El Padre y el Hijo son uno, pero esa unidad solo puede ser reconocida cuando la nube señala. Cuando la presencia que no se exhibe cumple su función. Sin ella, la acusación queda suspendida en el aire, sin fundamento.
No hay negación de la vida. Hay negación de una falsa paternidad. Y en esa negación se protege algo más profundo: la verdad del origen, que no puede ser apropiada, explicada ni reducida a una escena visible.
La nube no baila.
La nube no se muestra.
La nube solo señala.
Y mientras no esté en escena, el templo permanece sin levantarse.
