Navidad, muerte y resurrección
Si retomamos la reflexión anterior, donde concebimos a la Virgen María no como una estatua estática, sino como la Deidad activa —el Espíritu Santo gestándose en la historia—, nos encontramos ante un abismo teológico fascinante.
Hay un silencio estruendoso en las Escrituras: en el relato bíblico de la Resurrección, María no figura con una actividad visible. ¿Por qué? Porque ella no es una espectadora del milagro; ella es el medio del milagro. Si la Virgen es el Espíritu operante, entonces la Resurrección de Cristo ocurre a través de ella.
Aquí es donde el tiempo lineal se rompe: el Nacimiento y la Resurrección no son dos eventos separados por 33 años, sino que convergen en un mismo punto espiritual. Ambos misterios comparten la misma promesa: “en tres días”. Esa es la clave. El nacimiento de la consciencia crística y su levantamiento de la muerte son, en esencia, la restauración de la arquitectura divina más sagrada: nuestro propio cuerpo.
Cristo dijo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19).
La muerte en la cruz simboliza algo más profundo que el fin biológico de un hombre; representa la destrucción del verdadero Templo de Dios —la humanidad como receptáculo de la divinidad—. Pero, ¿quién destruyó ese templo? La respuesta yace oculta en Juan 2:17: “El celo de tu casa me consume”.
Filosóficamente, esto es devastador: El templo fue secuestrado. El “celo” religioso, la institucionalización de la fe, secuestró a Dios. Al encerrar lo divino en edificios de piedra y dogmas rígidos, perdimos de vista al Espíritu que habita en el hombre común, en el científico que busca la verdad, en el filósofo que cuestiona, en el músico que crea y en el poeta que sueña. Al querer “proteger” la casa de Dios, terminamos expulsando al Dueño de su verdadera morada: nosotros.
Por eso, la humanidad clama por una señal. La misma que pidieron los judíos (Juan 2:18) y la única que Jesús prometió: la señal de Jonás. Esos “tres días” en el vientre de la tierra son la gran gestación de la Virgen-Espíritu. Es el proceso alquímico necesario para reconstruir lo que fue destruido.
La verdadera Navidad, entonces, no es el recuerdo de un niño en Belén, sino la profecía de nuestra propia reconstrucción.
Hasta hoy, la historia no ha presenciado este suceso en su plenitud. Por eso insisto: hemos estado festejando una Navidad en pretérito, cuando deberíamos celebrarla en futuro. Primero fue el nacimiento (el símbolo, la semilla), y después será el parto (la realidad manifiesta).
El Templo ha estado en ruinas, sí, pero la promesa sigue vigente. Él lo levantará.
Feliz Navidad a todos. Que la espera sea la víspera de nuestra propia resurrección.
