Navidad, el sol, la nube y el susurro del yo soy

Si en nuestras reflexiones anteriores definimos a la Virgen como la Deidad activa —el Espíritu gestando el parto de la consciencia—, hoy debemos enfrentarnos al elemento que precede a toda creación: el caos. ¿Qué es el Sol? Bajo una mirada espiritual, el sol no es solo luz; es un incendio de voces. Es una frecuencia tan alta que se materializa en los otros, convirtiéndose en una polifonía de identidades que habitan dentro y fuera de nosotros. En la calle, en la pantalla, en el silencio de la alcoba, escuchamos mil versiones del ser, y en ese estruendo es fácil perder la cordura. Si no encontramos una “sombra”, un filtro para esa radiación divina, el alma desfallece. Buscamos desesperadamente lo que es verdadero, como aquella mujer con flujo de sangre que, entre el ruido de la multitud, solo necesitaba tocar un punto fijo —el borde del manto— para detener su propio caos. Porque en medio de tantas voces, hay una que resuena con una autoridad aterradora: “Yo Soy” (Éxodo 3:14). Y la pregunta que nos fractura es: ¿Quién habla? ¿Es él? ¿Soy yo? La fragilidad de la sombra Recordemos a Jonás. Dios le concedió una calabacera para protegerlo del sol, una sombra que le devolviera la cordura tras su huida. Pero al día siguiente, un gusano destruyó su refugio y el viento solano hirió su cabeza. La lección es demoledora: Jonás no había trabajado en su propia sombra. Su protección era externa y efímera. Cuando el sol hiere la cabeza, la voz del “Yo Soy” se distorsiona y entramos en el terreno de la locura. Aquí es donde el misterio de María cobra una dimensión cósmica. Si ella es el Espíritu operante, ella es la Arquitecta de la Nube. La Transfiguración: El rostro en la multitud En el monte de la Transfiguración, el rostro de Jesús se volvió otro. Sus vestidos resplandecieron. Los discípulos, aterrados por ese “Sol” que emanaba de él, propusieron construir enramadas; buscaban, como Jonás, una sombra hecha por manos humanas para contener lo incontenible. Pero la respuesta no vino de la tierra, sino del cielo: una Nube los cubrió. Esa nube es la verdadera esencia de la Virgen. Es el Espíritu Santo manifestándose en distintas personas, en distintos tiempos, pero con un propósito único: señalar. En medio de la confusión de voces que dicen “Yo Soy”, la Nube —la Madre, el Espíritu— desciende para enfocar nuestra mirada y decir: “Este es mi Hijo, a él oíd” (Lucas 9:35). La Nube elimina la confusión; filtra el caos del Sol para que podamos reconocer la Fuente. El parto de la Nube Jesús ya lo había advertido: “Antes que Abraham fuese, Yo Soy”. Pero la humanidad aún no ha procesado esa identidad. Por eso, la señal del Hijo del Hombre no es un evento astronómico, sino un evento de consciencia: aparecerá “viniendo sobre las nubes”. Ese es el nacimiento que realmente estamos esperando. No es el recuerdo de un pesebre, sino el momento en que la Nube (el Espíritu manifestado en la humanidad) finalmente dé a luz a la identidad crística en este plano. Ese parto, como dijimos antes, coincide con la Resurrección: es el momento en que el Templo es reconstruido y la voz deja de ser un caos para ser una Verdad manifiesta. Mañana es Nochebuena. Mientras el mundo se distrae con la efeméride, nosotros aguardamos que la Nube nos cubra y nos revele quiénes somos realmente bajo este sol inclemente. Feliz Navidad a todos. Y recuerden que, al final del camino, cuando todo esté dicho y hecho, quizá pensemos —como sugiere la canción— que esa fuerza creadora, esa Nube gestante, esa Deidad activa que llamamos Espíritu… Tiene rostro de mujer.

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