¿Por qué hay algo, en vez de nada? El verbo en el abismo

Aunque conozco a Dios, eso no me da una respuesta, la pregunta se mantendría.

Esta pregunta de Leibniz ha resonado por siglos, asumiendo que el Universo es un misterio que requiere una explicación externa. Pero, al profundizar en ella, me he dado cuenta de que la pregunta misma es una trampa de nuestra lógica humana.

Solemos pensar que la «Nada» es el estado por defecto, un lienzo en blanco sobre el cual apareció la realidad. Sin embargo, la nada —en su estado más puro— es absoluta esterilidad. No tiene tiempo, no tiene espacio, no tiene potencia. Si la nada fuera el origen, el silencio sería eterno, pues de la ausencia total no puede brotar ni el más mínimo átomo.

Mi conclusión es esta: La pregunta está mal formulada porque nace desde nuestra percepción del tiempo.

Estamos acostumbrados a que todo tenga un principio y un fin, un «antes» y un «después». Pero si el origen fuera la nada (como sugiere la pregunta), lo lógico sería que hoy no existiera nada. El hecho de que estemos aquí, testimoniando la inmensidad del cosmos, es la prueba de que el ser no es un accidente que ocurrió en un momento dado.

Hay algo, sencillamente, porque no tiene un origen.

Si la realidad tuviera un punto de partida, el presente sería una imposibilidad. Estamos aquí porque la existencia no es un suceso; es la única constante. Hay algo porque lo que Es, siempre ha sido, y no ha podido no ser nunca por la misma razón de su naturaleza eterna.

Sin embargo, esto nos revela una verdad más profunda: si lo que hay es eterno y no tiene inicio, somos incapaces de medir su longevidad. Al no tener un punto de partida, la esencia del Ser no obedece al tiempo; se sitúa por encima de él. Esto nos indica que la esencia de lo que existe es, por definición, metafísica.

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