El demonio salió de mi y se fue a los cerdos

Lucas 8:26–39

Hay cosas que he visto con mis propios ojos y cosas que he escuchado con mis oídos, pero nada se parece a un verdadero encuentro. Encontrarse con Jesús no siempre es alivio; a veces es tormento. No porque Él destruya, sino porque no permite seguir escondido.

Entre 2017 y 2018 leí la historia de Friedrich Nietzsche y aquella anécdota final con el caballo. No la leí como biografía, sino como espejo. Entonces pensé que yo no sobreviviría, porque el caballo éramos Nietzsche y yo. Como si ambos hubiéramos sido castigados por cargar demasiado peso, por mirar sin parpadear. Él lo entendió hasta el límite. Yo, en cambio, salí con vida para contarlo. La voz que en él se quebró, en mí se volvió palabra.

Y esa es también la historia del hombre del que habla Lucas. Había un hombre atormentado por Jesús. Vivía entre los sepulcros. ¿Quién no lo haría, si es nihilista de corazón? No habitaba una casa, habitaba ruinas. No vestía ropa, vestía heridas. Cuando vio a Jesús, no pidió sanidad, pidió tregua: “Te ruego que no me atormentes”. Porque lo que lo consumía no era la locura, sino la memoria de todo lo que había hecho.

Jesús no lo tocó primero. Le habló. Y le preguntó su nombre. Nombrar es obligar a mirarse de frente. Él respondió: “Legión”. No porque fuera muchos, sino porque ya no era uno. Era un campo de batalla. Era ruido organizado. Era liderazgo del caos.

Su súplica fue precisa: no me envíes al abismo. No me arranques de este mundo. No me mates. No me cierres la historia. Entonces pidió algo más: que aquello que lo poseía fuera enviado a los cerdos. Porque había entendido. Porque sabía que lo que lo habitaba no podía permanecer en un cuerpo que aún caminara.

Los demonios entraron en los cerdos y los cerdos se precipitaron al lago y se ahogaron. ¿Quién no se ahoga cuando no puede caminar sobre las aguas? Friedrich fue uno de ellos. No por debilidad, sino por haber ido demasiado lejos. Yo los vi caer, pero no caí con ellos.

Cuando todo terminó, Jesús no me dijo “sígueme”. Me dijo algo más difícil: “Vuelve a tu casa y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo”. Volver no fue regresar a un lugar, fue aceptar que había sobrevivido. Y aquí estoy, publicando por toda la ciudad, contando lo que hizo Jesús conmigo. No para glorificar la locura, sino para dar testimonio de que el tormento no fue el final, como lo he contado aquí:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *