Solo Dios sabe cómo fue, quédate conmigo

Un día entendí que tenía que buscarla. Y a veces, cuando la miro, me pregunto si en verdad estaba escrito que la encontrara. Le dije que me iría antes de que el corazón empezara a arder, antes de que el deseo dejara de ser deseo y se volviera fuego, de esos que no dejan nada en pie.

Nadie sabe cómo va a ser. Le he enviado cartas: palabras que nacen del silencio y regresan a él sin respuesta. Ella no contesta. Entonces me asalta la pregunta, siempre la misma: ¿por qué no respondes? Las estrellas parecen repetir una canción antigua. Tal vez no es rechazo; quizá es algo más frío: desinterés. Dime, ¿qué ocurre en ti?

Hemos hablado durante años —cuatro, tal vez— de una manera que no siempre necesitó voz. Conversaciones que existieron aunque no dejaron huella audible. No sé si quisiera que otros lo supieran. Probablemente no entenderían. Dos o tres lo han visto desde lejos, como se observa una casa ajena a través de una ventana, sin atreverse a entrar. Y aun así, no sé si quiero que alguien más lo sepa.

¿No sabes que el frío, el viento y la lluvia no saben nada? Llegan y se van. Como las estaciones. Como las modas. Como esas certezas que un día juramos eternas. Entonces, ¿para qué escribo? ¿Qué sentido tiene insistir si tú no respondes, si ellos no comprenden, si yo ya respondí todas mis propias preguntas? ¿Qué sentido tiene seguir? Quédate.

La llave estaba en el suelo. Tal vez ninguno de los dos cree que algo pueda cambiar al cruzar esa puerta. Tal vez tememos lo que espera del otro lado. Y aun así vuelvo a preguntar: ¿por qué no me respondes? Cántame algo distinto. Los demás no saben nada: solo llegan y se van. Y si te vas… ¿me llevarás contigo?

Nadie sabe cómo va a ser.

Solo Dios sabe cómo fué.

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