La mujer con flujo de sangre

En la Escritura, nada es casual. Los números, los nombres, la duración de los hechos: todo habla. Leer la Biblia sin atender a su simbolismo es escuchar solo la superficie del relato. Esta interpretación nace desde una mirada personal, desde la experiencia de haber contemplado la filosofía crística más allá de la literalidad. No pretende imponer una enseñanza, sino leer un signo.

El evangelio nos habla de una mujer que padeció flujo de sangre durante doce años. Doce: número de gobierno, de orden pleno, de totalidad manifestada. No es un dato médico; es un dato ontológico. La mujer no es presentada como alguien carente, sino como alguien que porta una corona. Una reina que se percibe enferma, no porque lo sea en esencia, sino porque ha olvidado quién es.

Ella no pide, no grita, no suplica. Solo toca el borde del manto. Y ese gesto es decisivo. El manto no es tela: es comprensión. Es el reconocimiento de la naturaleza de Cristo. Muchos lo rodeaban, lo empujaban, lo tocaban físicamente, pero solo uno de esos contactos activó el poder. Jesús lo sabe y pregunta: «¿Quién me ha tocado?»
No pregunta por curiosidad, sino para señalar que no todos tocan desde el mismo lugar. Solo quien reconoce, accede.

Ese toque revela algo más inquietante: la naturaleza crística no estaba solo en Jesús, también estaba en la mujer. Por eso la sanación ocurre. No hay transferencia, hay resonancia.

El relato continúa sin pausa. Jesús es llamado para ver a una niña que ha muerto. Y el texto nos entrega otro detalle que no es decorativo: la niña tiene doce años. El mismo número. El mismo símbolo. El mismo gobierno.

Dos figuras femeninas, ambas asociadas al doce. Una sangra —vida que se escapa—, la otra yace muerta —vida suspendida—. Una es restaurada, la otra resucitada. La coincidencia no es casual: es una unidad narrada en dos planos.

Desde esta lectura, no estamos ante dos personas distintas, sino ante una misma realidad expresada en dos estados. La mujer que se cura y la niña que despierta comparten naturaleza, tiempo y signo. Ambas participan de la misma identidad crística.

Si la mujer posee la misma naturaleza del Rey, entonces ella misma es Reina. No por título externo, sino por esencia compartida. Y desde ahí surge una hipótesis que no puede descartarse con ligereza: la cercanía ontológica sugiere una unión más profunda, quizá incluso conyugal. No como escándalo, sino como coherencia simbólica.

Lo que el texto parece anunciar no es solo una curación ni una resurrección aislada, sino una profecía: la restauración de la realeza perdida, la reunificación de lo crístico en lo humano. Ambos eventos apuntan a un mismo nacimiento, a una misma manifestación.

Tal vez por eso estas figuras femeninas reaparecen veladas en la Nube. Esa Nube que la tradición llama María, pero que aquí se revela como trono, como espacio de gobierno, como matriz donde lo divino se hace visible sin destruir.

La mujer se cura. La niña despierta. El gobierno se restituye.
Y el Reino —una vez más— no viene con ruido, sino con reconocimiento.

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