Hay abandonos que no solo dejan un vacío; te dejan desnudo frente a tu propia fragilidad. Son esas caídas libres que terminan en el asfalto de pueblos espectrales, lugares donde las voces no dejan de susurrar y el silencio pesa más que el ruido. Me encuentro ahí, en ese punto donde pido ayuda a gritos, convencido de que mis propias manos ya no tienen la fuerza suficiente para sacarme del fango.
La ciudad está muerta. Los semáforos se han quedado mudos, sin luces que me indiquen si puedo avanzar o si debo detenerme para siempre. Los teléfonos no sirven; son piezas de plástico inútiles en un mundo donde ya no tengo a quién llamar, ni quien me llame.
Duermo en el suelo. Sin cama, sin refugio. El frío del piso es lo único que me recuerda que sigo vivo, que todavía puedo sentir algo, aunque sea el gélido abrazo de la ausencia. Ella no se conformó con marcharse; se llevó mi corazón en el equipaje y, sospecho, también se llevó mi alma. Me dejó como un cascarón vacío en una habitación que antes olía a hogar.
Ahora corro con la luna. Huyo del sol ardiente porque la luz me quema la piel, me obliga a ver la realidad que intento evitar. Corro impulsado por un estrangulamiento lento, esa presión en el cuello que no me deja respirar pero que, extrañamente, me mantiene alerta. Si tuviera que pasar por este martirio otra vez, sin mostrar piedad, lo haría. Porque incluso este dolor es un vínculo con lo que perdí.
He visto ese ojo que me mira desde el cielo, una presencia cósmica que observa mi naufragio. Ella sacudió mi barca como nadie lo había hecho jamás; me lanzó por la borda y se quedó mirando cómo me hundía, dejándome abandonado, solo y, maldita sea, todavía enamorado.
Me pregunto si ella piensa en mí ahora que la noche no es oscura. Me pregunto si se pregunta si tengo un lugar donde dormir. Es irónico, pero en esta agonía, hay algo que se siente extrañamente bien.
Ya estoy viejo; son dos mil años de historia y de peso que finalmente han cobrado su precio. El tiempo se ha vuelto un verdugo.
